La fachada del Naismith Memorial Basketball Hall of Fame, a la orilla del río Connecticut. La esfera plateada alberga el museo y el edificio actual abrió en 2002. Crédito: AP
Springfield, Massachusetts, es la cuna del basquetbol, la ciudad natal de Dr. Seuss y la sede de la primera armería nacional del país. De aquí salieron también el primer automóvil de gasolina fabricado en Estados Unidos, en 1893, y los únicos Rolls-Royce ensamblados fuera de Inglaterra. ¿Cómo reunió tantos orígenes una ciudad mediana de Nueva Inglaterra, asomada al río Connecticut, en pleno Pioneer Valley?
La respuesta está en el Springfield Armory. Durante más de siglo y medio, la armería federal reunió en la ciudad a generaciones de armeros y maquinistas de precisión, y de ese taller permanente salió el sistema de partes intercambiables que el resto de la industria estadounidense terminaría adoptando. Esa concentración de mano de obra calificada, junto a la fuerza del río Connecticut, hizo de Springfield un imán para inventores. Del mismo ecosistema nacieron Smith & Wesson, la Indian Motocycle y los juegos de mesa de Milton Bradley.
La ciudad le debe su vocación de fábrica a una decisión militar. En 1777, en plena guerra de Independencia, George Washington eligió Springfield para instalar un arsenal: quedaba lejos de la costa y de la flota británica, junto a un río navegable y en el cruce de caminos del valle. En 1794, ya con la república en pie, el Congreso lo elevó a la primera armería nacional del país. Durante 174 años, hasta su cierre en 1968, de aquí salieron los fusiles del ejército estadounidense y, con ellos, algo más perdurable: el método de fabricación a partir de partes intercambiables, que hizo posible fabricar y reparar en serie y que el resto de la industria terminaría adoptando.
Alrededor de la armería creció la ciudad. Los talleres de manufactura, los Watershops, ocupaban la ribera del Mill River, y junto a ellos vivieron generaciones de armeros y maquinistas. Cuando esos obreros calificados pasaron a la industria privada, se llevaron la cultura de precisión que explica por qué tantos inventos nacieron a unos kilómetros del arsenal.
El lugar cargó pronto con un papel en la historia nacional. En el invierno de 1787, los granjeros endeudados de la rebelión de Shays marcharon sobre el arsenal de Springfield para apoderarse de sus armas. La milicia los dispersó, pero el episodio convenció a los líderes de la joven nación de que el gobierno federal era demasiado débil y aceleró la Convención Constitucional de aquel mismo año.
Hoy el Main Arsenal Building, con su torre del reloj y la bandera en lo alto, custodia la mayor colección de armas ligeras militares de Estados Unidos, y la entrada es gratuita. La pieza que detiene a todos es el “órgano de mosquetes”, una estructura curva de fusiles apilados que inspiró a Longfellow, tras su visita en 1843, el poema antibélico “The Arsenal at Springfield”. Un guardabosques del Park Service guía el resto y un cortometraje pone la visita en contexto.
La visita trae además una rareza. Cuando la armería cerró, sus edificios pasaron al Springfield Technical Community College, de modo que el parque nacional comparte hoy sus terrenos con un campus universitario, algo poco común en el sistema. Conviene cargar la dirección del college en el GPS y seguir los letreros hasta la torre del reloj. Para 2026, con el país en el 250 aniversario de la independencia, el sitio sumó programación especial, así que vale la pena revisar el calendario del Park Service antes de ir.
Springfield Armory Armory Square, Springfield, MA 01105. Sitio: nps.gov/spar Bueno saber: entrada y estacionamiento gratis; el museo abre de miércoles a domingo, de 9:30 a 16:00, con horario reducido en invierno; los terrenos abren a diario, de sol a sol.
Cinco museos rodean una explanada arbolada en pleno centro, el Quadrangle, y un solo boleto abre las puertas de todos. El más visitado lleva el nombre que volvió a Springfield un lugar de peregrinación para la infancia: The Amazing World of Dr. Seuss. Theodor Geisel creció a unas cuadras de aquí, y el museo reconstruye su taller, su bestiario y el camino del dibujante publicitario al autor que reinventó el libro infantil en inglés. Las salas alternan textos en español e inglés, algo que conviene saber de antemano. Afuera, en el Dr. Seuss National Memorial Sculpture Garden, el Lorax, Horton y el propio Geisel aparecen fundidos en bronce a tamaño natural, frente a un libro abierto del tamaño de un muro con los versos de Oh, the Places You’ll Go!.
Al otro lado de la explanada, el Lyman & Merrie Wood Museum of Springfield History guarda la memoria industrial de la ciudad. Ahí están los Rolls-Royce ensamblados en Springfield durante los años veinte, las motocicletas Indian nacidas en sus fábricas y un avión de carreras Gee Bee, obra de los hermanos Granville, que batió récords de velocidad en los años treinta. Es la sala que da cuerpo al apodo de la ciudad.
A pocos pasos, el Springfield Science Museum reúne un Dinosaur Hall con su réplica de Tyrannosaurus rex, un African Hall de dioramas y el Seymour Planetarium, el planetario en operación más antiguo del país. Su proyector de estrellas, la esfera que los hermanos Korkosz armaron en Springfield en 1937, sigue funcionando casi noventa años después y es el más antiguo de manufactura estadounidense que queda en uso en el mundo.
Completan el conjunto dos museos de arte: el Michele & Donald D’Amour Museum of Fine Arts, que cuelga un Monet entre su colección, y el George Walter Vincent Smith Art Museum, dedicado al arte asiático y a la colección personal de su fundador. Conviene reservar al menos media jornada para el Quadrangle, más si se viaja con niños, porque la entrada del museo de Seuss los retiene un buen rato.
La camiseta dorada con el número 8 detiene a más de un visitante. Es la de Kobe Bryant, que entró al salón con la generación de 2020 pocos meses después de morir en un accidente de helicóptero, junto a Tim Duncan y Kevin Garnett. Bryant pasó sus veinte temporadas con Los Angeles Lakers, y su vitrina es de las más concurridas del museo.
El edificio es inconfundible: una esfera metálica con forma de balón a la orilla del río Connecticut, obra del estudio Gwathmey Siegel, inaugurada en 2002. Adentro, todo gira alrededor del Center Court, una cancha de medidas reglamentarias donde cualquiera puede tomar un balón y tirar a canasta. Naismith inventó el basquetbol a unos kilómetros de aquí, en 1891, con dos canastas de durazno y trece reglas; el museo conserva esas reglas originales y sigue la historia del deporte hasta el presente.
A diferencia de otros salones de la fama, este no pertenece a una sola liga. Honra el juego entero: la NBA y la WNBA, el basquetbol universitario y el internacional. Por sus salas pasan las pioneras del juego femenino, entre ellas Senda Berenson, que lo llevó a Smith College, en Northampton, dos años después de su invención. El recorrido incluye The Vault, un rincón dedicado a los Boston Celtics, que juegan a 90 millas por la Mass Pike. Desde su fundación en 1959, el salón ha sumado 436 miembros.
Para almorzar cerca de los museos, The Student Prince lleva en pie desde 1935. Lo llaman The Fort, por Fort Street, y su salón conserva una colección de jarras de cerveza alemanas y sacacorchos que cubre las paredes. La carta es de cocina alemana y centroeuropea: schnitzel, salchichas, sauerbraten y pretzels. En mayo, el restaurante monta un Maibaum, el árbol de mayo con cintas de colores de la tradición alemana, herencia de la comunidad que levantó el lugar.
Para empezar el día, Juguito’s, sobre State Street y a una cuadra del MGM, prepara jugos, smoothies, bowls de açaí y sándwiches de desayuno. En el South End, el barrio italiano de la ciudad, LaFiorentina es una pastelería familiar de cannoli, sfogliatelle y café, buena para una parada de media tarde. Y dentro del propio Hall of Fame, Max’s Tavern sirve cortes de carne y cocina americana contemporánea, conveniente si el recorrido por el museo se alarga.
Juguito’s 133 State Street, Springfield, MA 01103. Sitio: Instagram. Bueno saber: abre desde las 8 de la mañana, cierra los domingos; a una cuadra del MGM.
Para quedarse en el centro, MGM Springfield es la opción más práctica, a pie de los museos y del Hall of Fame. Abrió en agosto de 2018 como el primer resort con casino de Massachusetts, una inversión cercana a los mil millones de dólares que ocupa tres manzanas del Metro Center. El diseño juega con el pasado industrial de la ciudad, con ventanales de tipo fabril y guiños a Emily Dickinson y a Dr. Seuss, como la lámpara de sombreros inspirada en The 500 Hats of Bartholomew Cubbins que cuelga en una de las suites. Tiene 250 habitaciones, además del casino, restaurantes como The Chandler Steakhouse y Cal Mare, cine y boliche.
Al lado, el MassMutual Center, una arena de 8,000 asientos donde se programan conciertos y es la casa de los Springfield Thunderbirds, el equipo de la American Hockey League. Springfield es la sede de esa liga, así que en temporada el hockey es un plan de noche a pocos pasos del hotel.
El basquetbol no se quedó en Springfield. Dos años después de que Naismith colgara sus canastas, Senda Berenson adaptó el juego para sus alumnas en Smith College y, el 22 de marzo de 1893, organizó y arbitró el primer partido de basquetbol femenino universitario, en Northampton. Esa misma carretera que lleva del invento al primer partido femenino sube por el Pioneer Valley, el corredor del río Connecticut que reúne cinco universidades, entre ellas Smith, Amherst y la Universidad de Massachusetts. Media hora al norte de Springfield, Amherst y Northampton ofrecen otra cara del oeste del estado, más literaria y artística, y un par de mesas que justifican el desvío.
Amherst es un pueblo universitario en el sentido pleno: Amherst College, la Universidad de Massachusetts y Hampshire College marcan su pulso. Fue también el pueblo de Emily Dickinson, que escribió casi toda su obra en la casa familiar, hoy convertida en museo. Quien viaje con sus poemas en la cabeza reconocerá el paisaje de praderas y arces que asoma entre sus versos.
El brunch del domingo en 30Boltwood, el restaurante del Inn on Boltwood frente a la plaza del pueblo, es una buena manera de empezar. La cocina, a cargo del chef Josean Jimenez, es americana de temporada; mi recomendación: los huevos benedictinos, que son los mejores que he tenido la oportunidad de probar y que sin duda me harían regresar.
A las afueras, en los terrenos de Hampshire College, está el Eric Carle Museum of Picture Book Art, el primer museo a gran escala de Estados Unidos dedicado al arte del libro ilustrado. Lo fundaron en 2002 Eric Carle, autor de The Very Hungry Caterpillar, y su esposa Barbara. Una de sus galerías expone el trabajo de Carle, con sus collages de papel pintado a mano; las otras rotan muestras de otros maestros del oficio, de Maurice Sendak a Chris Van Allsburg. Hay un estudio de arte abierto al público, un teatro y un prado, Bobbie’s Meadow, en memoria de la cofundadora. Es una parada pensada para la infancia que un adulto agradece igual.
Este verano, por ejemplo, hay una exposición dedicada al mundo de la cocina en la carrera de Eric Carle que cruza toda su obra y que está disponible hasta el próximo 6 de septiembre. Esta muestra cuenta con más de 50 obras (entre collages, grabados y bocetos) que exploran cómo el autor utilizó la comida y las recetas a lo largo de su trayectoria artística desde 1965 hasta 2019.
Northampton tiene fama de pueblo de artistas y librerías, con Smith College en el centro de su vida cultural. Su calle principal concentra cafés, salas de música y comercios independientes. El más conocido es Thornes Marketplace, un antiguo almacén de varios pisos reconvertido en galería de locales pequeños. Entre ellos, Positively Africana vende muñecas y artículos que celebran la cultura africana y de la diáspora, proyecto de una comerciante local.
Para cenar, Notch 8 Grille ocupa la antigua Union Station, la estación de tren restaurada, con una carta de cortes y cocina americana. Y si queda tiempo, vale la pena caminar el campus de Smith, con su jardín botánico y su invernadero, donde Berenson dio clases de educación física cuando organizó aquel primer partido.
Además, a unos pasos del Smith College se encuentra la Forbes Library que alberga los archivos oficiales de la administración del presidente Calvin Coolidge y que vale la pena visitar por su belleza e historia.
Springfield queda en el cruce de la I-91, que corre de norte a sur, y la I-90 o Mass Pike, que cruza el estado de este a oeste. El aeropuerto más cercano es Bradley International (BDL), a unos 25 minutos al sur, ya en Connecticut; Boston Logan está a hora y media en auto. Amtrak llega a Union Station por las líneas Hartford y Valley Flyer, además del Vermonter y el Lake Shore Limited, y Peter Pan, la línea de autobuses con sede en la ciudad, conecta con buena parte del noreste.
La primavera y el otoño son las mejores temporadas. El otoño, sobre todo, por el follaje del valle, que tiñe de rojo y naranja las colinas a ambos lados del río entre finales de septiembre y mediados de octubre.
Holyoke, quince minutos al norte, guarda la mayor comunidad puertorriqueña per cápita fuera de la isla y merece su propia visita. Lo conté en El Diario en dos piezas: un perfil del alcalde Joshua García y una crónica de la comunidad a la orilla del río.
En septiembre, West Springfield recibe The Big E, la feria más grande del noreste, que reúne a los seis estados de Nueva Inglaterra. Para ir con niños, Six Flags New England, en Agawam, suma montañas rusas y el parque acuático Hurricane Harbor. Más al norte, Historic Deerfield conserva un pueblo colonial casi intacto, y Yankee Candle Village arma un pueblo navideño bávaro abierto todo el año. Quien siga la cerveza artesanal puede recorrer el Beer Trail del valle, que reúne a las cervecerías de la zona.
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